Nadie nace sabiéndolo todo y los sentimientos como el odio, la alegría, el amor, el enfado… se aprenden al igual que se aprende a caminar, hablar, saltar… A medida que crecemos, las experiencias por las que pasamos condicionan nuestras actitudes y nuestra forma de pensar: aprendemos de lo que vivimos pero también de lo que nos cuentan o explican las personas en las que más confiamos.

La tolerancia hacia aquellas personas que consideramos distintas ya sea por el color de su piel, por su lugar de origen, por su religión o por cualquier otro motivo, es una capacidad que se aprende, por esta razón es fundamental educar a los niños y niñas en el respeto mutuo, motivando el conocimiento de otras costumbres y culturas e intentando incrementar su curiosidad por las personas que viven en ellas.

Los aprendizajes, opiniones y actitudes no son estáticos sino que varían a lo largo de la vida por lo que, además de una buena educación en tolerancia social desde la infancia, es muy importante que las personas adultas estén motivadas a aprender, conocer y entender otras realidades para, a través de este camino de tolerancia y comprensión hacia todas y cada una de las personas, hacer posible una mejor convivencia y avance social.